16 marzo, 2010
una canción me trajo hasta aquí
Y no un nuevo disco cualquiera. Aún no he sido capaz de escuchar completo "Amar la trama" porque vuelvo una y otra vez a las canciones que ya he escuchado y he conseguido cargar desde su página de Internet. Hace ya creo que cuatro años de su último albúm de estudio, "12 segundos de oscuridad", que aunque me gustó porque soy una incondicional, dejaba un amargo sabor de boca... Ya pensaba que se le habían acabado las canciones de amor a Drexler, y ha llegado ahora con una orquesta y temas como "Tres mil millones de latidos": Hay gente que es de un lugar/no es mi caso/yo sólo estoy aquí de paso. O "La trama y el desenlace", pura filosofía de vida: Dos paseantes distraídos/ han conseguido que el reloj de la arena de la pena pare/ que se desvelase/ y así seguir el rumbo que el viento trace.
Ir por ahí sin esperar que algo pase. Amar la trama más que el desenlace. Porque "Los destinos finales están sobrevalorados. Planificando el futuro se pierde el durante", como dice el uruguayo en una mini-entrevista que publica El Mundo hoy, en el que también asegura que uno no elige de quién se enamora pero sí puede elegir de quién no enamorarse, algo con lo que estoy completamente de acuerdo.
Mientras escribo me sigue salvando el día Drexler con "Los transeúntes".
Me podría quedar a vivir en sus canciones. En ese optimismo que se nota que le cuesta sacar. Porque los mejores optimistas quizás sean aquellos que una vez al mes o cinco veces al año lo ven todo del negro más negro. Pero ya lo decía Drexler, que no es la luz lo que importa en verdad, sino los doce segundos de oscuridad. Importa porque cuando vuelve a brillar la luz, le sirve de guía al barco.
Me voy a seguir salvando el día, de pronto feliz a pesar de lo nublado que ha estado hasta ahora. Una canción me ha traído hasta aquí.
24 febrero, 2010
la catedral de santa maría
Es la catedral de Santa María, y yo ni siquiera sabía que existía. A los turistas les enseñamos la de San Giles, que está en pleno centro, en mitad de la Royal Mile. Pero Santa María -Saint Mary, de a Iglesia Episcopaliana anglicana- es mucho más bonita. Hoy, en plena noche y sin ninguna iluminación ni paseantes alrededor, era una gran mole negra que se alzaba justo hasta las nubes, porque la niebla no dejaba ver el final del pico más alto de encima del crucero. Al principio me ha sorprendido que fuera una simple iglesia, y no he sabido lo que era hasta que en una puerta escondida en el lateral he leído una inscipción que decía: "Por favor, entren a la catedral por el acceso principal en la calle equis" (he intentado quedarme con el nombre pero se me ha olvidado). La entrada principal en la calle equis está totalmente cubierta de andamios y en una calle convenientemente iluminada y por donde pasan los coches, pero yo me he paseado por los jardines que hay a un lado, embarrados y con el césped sin cuidar. Me ha parecido escuchar un órgano, pero cuando me he acercado ya no se oía nada. Y he pensado que las catedrales no tienen sentido, pero son bonitas, y aún más cuando las tienes un momento para ti sola. Me he acordado de la italiana torre de Pisa, que a casi todo el mundo le decepciona pero que a nosotras nos encantó porque la vimos solas, de madrugada. Hoy he tenido las vidrieras, los picachos rematados por flores de lis y la torre del crucero, anormalmente ancha para los estándares de la Europa continental, para mí sola durante unos minutos.
Luego me he sentado en un banco mojado por la lluvia que hoy ha vuelto a Escocia -quizás para quedarse toda la primavera-, y mientras me fumaba un cigarro, escuchando la alarma de un coche en la lejanía y el débil sonido del órgano que volvía a tocar, me he dado cuenta de una cosa sobre mí misma. Porque cuando hoy salí de casa para ir al cine de repente sentí un tremendo vacío, y he descubierto porque es: porque vivo mi vida como si fuera una bañera. La lleno de cosas y, por alguna razón en la que no me he parado ni quiero parame a pensar, cuando está hasta arriba, le quito el tapón. Y sigo viviendo mi vida hasta que se queda totalmente vacía, y vuelta a empezar. La verdad es que en el último mes ni he escrito nada ni tenía ganas de hacerlo por eso, porque se estaba escapando por el desagüe lo último que quedaba de este verano, del viaje que parecía que me había cambiado para siempre pero que ahora se revelaban, quizás, como unas simples vacaciones. Sentada en ese banco, sin sentir el frío a pesar de tener las manos y la cara congeladas, he pensado que no es ningún drama, que lo único que tengo que hacer es empezar a llenar la bañera de nuevo a partir de mañana. Cuando me alejaba de Santa María, he pasado por al lado de un banco dedicado -en esta ciudad la gente paga para dedicarle bancos de la calle a sus familiares fallecidos- "a Marjorie Gay, que amaba Edimburgo".
Luego, andando por las casas señoriales del West End, un barrio adinerado pero con muy pocas farolas, me he dado cuenta de que en realidad, esta vez no he dejado que todo lo vivido se escape. Sigue ahí. Pero ahora también hay más hueco para nuevos días llenos de cosas, y eso es bueno. Y de hecho, aunque haya pasado los últimos tiempos malgastando la mayoría de mi tiempo, sí que he echado un par de cosas a la bañera.
Tengo ganas de ver la catedral de Santa María a la luz del día.
24 enero, 2010
mantra
http://jesusmargon.blogspot.com/2010/01/el-futuro-de-los-jovenes-periodistas.html
16 enero, 2010
estambul-skopje (II)
Luego cambiaré muchas cosas, cagaditas y cagadas grandes, pero en general la cosa queda así. Por cierto, el título del libro será This is Balkans.
Mientras subía de nuevo al autobús, me acordé de Hristo Stoichkov. Búlgaro y del Barcelona: así que me di prisa en volver a mi asiento por si acaso el oficial se arrepentía de haberme dejado pasar con una casi sonrisa.
Ya estaba amaneciendo y por primera vez desde que salimos de Turquía pude ver el paisaje. Durante la noche no pude hacerme una idea de lo que teníamos alrededor porque los faros apenas alumbraban la carretera dos metros por delante del autobús, y no había luces, ni casas; sólo algún otro restaurante-perdido-en-medio-de-la-nada. El paisaje, más que verse, se oía y se sentía: las ramas finas de los árboles pegaban todo el rato en la carrocería, y la carretera era una continua sucesión de curvas que hizo que sólo dejáramos de dar bandazos cuando paramos en Sofía. Habíamos cruzado media Bulgaria pero lo único que habíamos visto era la frontera, el ultramarinos, el restaurante y la estación. Probablemente el conductor y los viajeros habituales lo habían hecho un millón de veces y esto era, para ellos, Bulgaria. Un país que formaba parte de su rutina y que no tenía horizonte, poblado por el viejo muy viejo, los oficiales de las fronteras y viajeros adormilados que toman sopa.
Y probablemente con montañas verdes: eso era lo que se veía ahora que habíamos llegado a la frontera con Macedonia; pero claro, con las ganas de terminar el viaje uno tiende a atribuirle las vistas al país siguiente más que al anterior, así que en este trayecto los búlgaros se quedan también sin ellas.
Los oficiales macedonios, que iban vestidos con uniformes que parecían diseñados para entrar en un edificio atestado de terroristas, hicieron que nos bajáramos todos y les mostráramos el equipaje. Yo saqué mi mochila. La familia de mujeres con velo sacó varias maletas y varios fardos. Otros de más allá empezaron a sacar del maletero, uno tras otro, todos los cuadros de Atatürk –padre de la Turquía moderna- que les había llevado una eternidad colocar dentro allá en el lejano Estambul. Y así sucesivamente hasta que consiguieron ponernos en una fila y fueron abriendo los equipajes.
- ¿Qué llevas ahí?
- Libros. Y carne para regalársela a mi hermana. Soy estudiante.
“Soy estudiante”, aunque no ofrezcas ninguna prueba de ello, parece ser una frase mágica para que los oficiales no revuelvan demasiado tus cosas, según me explicó Arber (que de verdad era estudiante de Medicina). Quizás crean que en la universidad se enseña a ser buenas personas y a no mentir ni traficar con nada. Otra frase que parece ser que te salva de que metan sus narices arrugadas en gesto de disgusto dentro de la mochila es “Es española”, que es lo que le dijo el conductor al policía cuando llegó delante de mí. Aunque nos salvamos del escrutinio, tuvimos que esperar de pie hasta que un oficial calvo terminó de registrar el autobús por dentro con un perro. Él era el típico tipo duro con pinta de estar todo el día en posición de firmes, y de tomarse muy en serio su papel. No dejaba de darle órdenes al perro, en susurros. “Busca, busca, por aquí, por aquí”. Pero el perro más que de trabajar y buscar droga tenía ganas de jugar, así que mientras el oficial seguía tomándoselo muy en serio, el animal saltaba de un lado a otro del autobús, ladraba, se enredaba con la correa y se caía o directamente pasaba olímpicamente de las órdenes del militar, que no parecía darle ningún miedo. A mí sí me lo daba un poco, así que como pude me aguanté la risa.
- This is Balkans –dijo Arber, negando con la cabeza y encogiéndose de hombros cuando le hice un gesto interrogante sobre todo el tinglado, que aún nos tendría parados una hora más.
This is Balkans: Esto son los Balcanes. Es un dicho popular que repiten muchos para justificar las esperas en las fronteras, que un viaje de una hora en tren dure tres, el “vuelva usted mañana” de cualquier acción que implique meterse en burocracias, el perro revoltoso sin ganas de buscar drogas o cualquier otro imprevisto como la guerra. Es una rendición ante lo evidente pero también una afirmación de la diferencia con cualquier otro lugar del mundo conocido, pues en los Balcanes, son los mismos Balcanes lo mejor y lo peor del planeta. Y en concreto el país o el pueblo de uno.
Llegamos a Skopje muy temprano y en la puerta de la estación se acumulaban los taxistas ávidos de viajeros atontados por el traqueteo del autobús o impresionados por haber llegado al fin a ese minúsculo rincón del mundo que es Macedonia, que nunca aparece en las noticias salvo gran catástrofe. Pero en el hostal que había reservado ya me habían advertido de que estos taxistas cobran hasta veinte veces más el precio de la carrera, así que me alejé un poco y paré a uno en la calle. Era un coche viejo pero limpio y el conductor hablaba inglés, aunque su primera pregunta, como la de todos los mayores de treinta aquí, fue que si hablaba alemán. Durante todo el trayecto no paró de hacerme preguntas, a qué había venido, qué quería contar, cómo iba a hacer las entrevistas, dónde iba a ir. Me contó que su hija era también periodista y trabajaba en una embajada o en un consulado. Y cuando llegamos al hostal y quise pagarle, me rechazó el dinero con un gesto. “Free taxi”, me explicó con una medio sonrisa.
This is Balkans.
14 enero, 2010
volquémonos, que se vuelquen
Ayer me indigné cuando entré a la página de elpais.com y la noticia principal decía "No hay víctimas españolas"*. El primer subtítulo hablaba de las víctimas confirmadas por Francia, ya se sabe, si no hay muertos nuestros, duelen más los vecinos que los negritos que total, ya estaban pasándolo mal y están acostumbrados. Sólo en la tercera línea se aventuraban "cientos" de muertos, que hoy se han convertido en "decenas de miles" ante la imposibilidad de las autoridades haitianas de concretar nada más: el país está sumido en el caos absoluto.
Me he sentido tentada de hacer un donativo, porque creo que si de algo sirven las ONGs, más que para prevenir y para acabar con el hambre, es para ayudar en situaciones como ésta. Pero sigo sin fiarme y sigo creyendo que son los gobiernos y los organismos internacionales los que tienen que destinar el presupuesto que iban a gastar en alguna chorrada electoralista a solucionar emergencias como ésta. He leído que el FMI "destinará 100 millones de libras más al país caribeño" (lo que quiere decir que luego pedirá 200 millones de libras más de vuelta), España, que preside la UE, ha mandado...diez bomberos. Supongo que serán los primeros de muchos. O espero.
De todas formas, hoy ya lo ha dicho todo, y muy bien, Maruja Torres, precisamente en El País, y sin caer en el lamento de por-qué-les-toca-siempre-todo-a-los-mismos sino metiendo el dedo en la llaga: catástrofes como ésta serían menos catástrofe sin la previa intervención humana a través de la corrupción, la manipulación y la dominación política. El título de su artículo ya es una llamada a la acción: Volquémonos
A ver si es verdad.
* Esto, además, no es verdad, porque hoy hay una inspectora española de Policía desaparecida. El periódico dice que se desconoce su paradero en los típicos eufemismos que se suponen prudentes, aunque no tiene mucho sentido teniendo en cuenta que trabajaba en el edificio de la ONU y que en otra noticia se dice que se cree que todo el personal ha fallecido.