

En las películas americanas sobre las guerras mundiales, el soldado siempre pasa meses, o años, escondido en una trinchera mientras abraza la última carta que le había llegado de su novia, de sus padres o de la panadera del pueblo. Y el tío volvía y, curiosamente, se acordaba de la cara de todo el mundo.
Hoy he decidido borrarme del Tuenti y del Facebook, algo que llevaba tiempo pensando en hacer, porque me ha traído más disgustos que alegrías. Normal. Antes cada uno enseñaba a cada persona la faceta de su vida que le daba la gana, ahora todo está expuesto, casi sin criterio de selección (porque, no nos engañemos, aceptamos a todo el mundo, excepto a los típicos calentorros que te mandan petición de amigo acompañada de "Eres muy guapa!" o "Quiero conocerte!". Y algunos a ésos los aceptan también). Total, que al final un tío con el que apenas hablé dos veces en la carrera acaba viendo mis fotos en bikini, y yo acabo cotilleando los comentarios que le ponen en el tablón a la presentadora de La Banda del Sur. Y viendo cosas que antes pasaban en el ámbito privado y que ahora veo yo y todo el mundo (que además para eso se escriben muchas cosas en estos sitios, para que lo vea yo y todo el mundo).
No es por ponerme en plan "vivíamos mejor sin móviles cuando no nos podían localizar a todas horas", porque es cierto que los adelantos tecnológicos nos facilitan el trabajo (¿cómo mandaría yo las convocatorias sin Internet?) y la vida en general (muchas relaciones a distancia sobreviven gracias a estos inventos). Lo malo es la duda que me ha asaltado esta mañana, cuando he decidido que ya no quería ver más las cosas que la gente cuelga para que las vea yo y todo el mundo o porque no tiene nada mejor que hacer: que voy a perder el contacto con muchos amigos. Y es una pena. Es una pena que ya, a fuerza de tenerlo todo instantáneo desde que somos enanos, hayamos perdido la paciencia y la capacidad de esforzarse para mantener a la gente en nuestras vidas. Todo es instantáneo, desde el café al colacao pasando por los te quieros.
La verdad es que no voy a volver a la carta perfumada ni a enviar mechones de mi pelo, para qué nos vamos a engañar. Pero yo elijo mantener a mi gente de otra manera, aunque tenga que esperar a que se metan en su correo y saquen cinco minutos para contestar. Y tragarme el rato delante del ordenador de quien sea para que me enseñe las fotos de su último viaje, parándose a explicarme cada pose. Esperarme a que silbe la cafetera y coger los grumitos del colacao con la cuchara. Lo siento por los que ya no podrán ver mis fantásticas fotos en bikini, pero ya he pagado un precio muy alto por tener la oportunidad de meter las narices donde no me llaman.
Y la verdad es que vivíamos mejor sin móviles cuando no nos podían localizar a todas horas.
